Hymn to Red October

Lo siguiente es una traducción del “Hymn to Red October”, de Basil Poledouris. Como no sé ruso, la traducción es vía inglés (esta es fácil de encontrar por la Red alante), por lo que su exactitud es cuando menos dudosa.

Encontré la letra en ruso, en caracteres latinos, aquí. La  traducción al inglés, aquí.

Holodna, hmura

Frío, vacío

I mrachna v dushe

La luz me ha dejado

Kak mog znat’ ya, shto ti umryosh’?

¿Cómo iba a saber yo que morirías?

Da svidania, bereg radnoy –

Adiós, tierra querida

Kak nam trudna predstavit’, shto eto nye son’.

Es muy duro pensar que es real, no un sueño

Rodina – dom radnoy,

Tierra natal, casa

Da svidania, rodina.

Adiós, tierra natal

I v pohod i v pohod nas volna marskaya zdyot nye dazhdyotsya.

Vámonos, vámonos, el mar nos está esperando

Nas zavut marksaya dal’ i priboy!

El gran mar nos espera, y las mareas

Salyut otsam i nashim dedam,

Saludamos a nuestros padres y antepasados

Zavyetam ih vsegda verni.

Mantenemos el pacto con el pasado

Teper’ nishto nye astanovit

Ahora nada puede parar

Pabedniy shag radnoy strain.

La marcha victoriosa de nuestra tierra

Ti plivi, plivi besstrashna

Navega, sin miedo

Gordast’ Severnih Maryey.

Orgullo de los mares del Norte

Revolyutsii nadeshda, sgustok vyeri vseh lyudey.

Esperanza de la Revolución, eres la fe de la gente

V okytabre, v okyabre,

En Octubre, en Octubre

Reportuyem mi nashi pabedi.

Informamos de nuestras victorias, nuestra Revolución

V okytabre, v okyabre,

En Octubre, en Octubre

noviy mir dali nam nashi dedi.

y de la herencia que nos habéis dejado

 

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Las Batuecas

 

En la parte empinada de Reina Victoria, en la acera de más sombra, ve pasar el tiempo una puerta modesta y pasada de moda, con la única compañía de unas ventanas que exhiben modestamente un menú.

 

Tal es la entrada a un restaurante magnífico en su sencillez. Sillas de madera de las de antes y manteles de hilo para un sitio tranquilo, en que se comen cosas sencillas, pero de calidad, y que se llena los más de los días.

 

Todo está bueno en este tranquilo lugar, en que los platos no tienen más secreto que buena materia prima y buena elaboración, sin grandes innovaciones; haciendo bueno lo que siempre lo ha sido.

Reina Victoria, 17. Tel. 915540452

 

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Dexterity en el Altxerri

 

Cuando ya creía que había comprado mi último CD, obnubilado por las maravillas del iTunes Store, en el que se pueden comprar a golpe de ratón y por un precio irrisorio las canciones que a uno le da la real gana sin cargar con todo un álbum que puede quererse o no, me encuentro con esta pequeña joya que vende la empresa ilerdense Satchmo y que ha “masterizado” (ya me disculparán, señores de la Academia e hispanoablantes en general) el colega Borja allá en su estudio de Bilbao. Para quien guste del jazz, y en especial de ese sonido tan irrepetible que tienen las sesiones de jazz en un local, de noche y con buenos músicos, esto es de lo más parecido a ello que se puede llevar en el coche.

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Realmente, al escuchar pequeñas joyas como ésta (grabada y masterizada en España, curiosamente, y muy bien hechas ambas cosas), uno se pregunta cómo puede estar en crisis la industria discográfica… Y se responde a sí mismo seguidamente, claro. ¿Cuántos discos no ya buenos, como éste, sino meramente presentables, pueden adquirirse por 9 euros?.

Estos tipos no van a La Moncloa en un autobús a hacer una pantomima absurda, y si no fuera obligatorio (ahí es nada: Una entidad privada recaudando impuestos), tampoco pagarían a la SGAE, que Dios confunda. Se lo pasan bien tocando y sacando su disco, se ganan la vida con ello y los que les escuchamos compartimos brevemente esa sensación de placidez mental, ese mecerse con las olas, o como quiera cada uno describir la indescriptible sensación de escuchar buena música. Dicen los abogados que toda compra es un contrato; yo considero su parte cumplida a entera satisfacción.

 

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Volando el Dimona en Ocaña

A principios de Agosto de 2.006, me dio por acercarme por Ocaña y preguntar si había motoveleros volables. No había volado ninguno desde que retiraron los veteranos RF-4 “Serranía” (diseño de René Fournier fabricados bajo licencia por Aeronáutica de Jaén). Comparado con éstos, el Dimona es un prodigio de la tecnología: No hay que aflojar el arnés para llegar a los mandos, ningún mando hace callo, y no hay que acordarse de poner y quitar pinchitos en la rueda de cola para ir a volar. Es mucho más rápido (150 km/h de crucero económico) y planea mejor.{mosimage}

En fin. Tras un breve calentamiento en la pista, nos fuimos a dar una vuelta por La Mancha. Arrancar y parar el motor del Dimona es facilito, y la hélice se puede poner en bandera. Esto lo convierte en un planeador bastante razonable, sobre todo teniendo en cuenta lo que puede llegar a volar con motor (más de 1.000 km a 150 km/h, con una temperatura otoñal). El vario del Dimona que Senasa tiene vivo no pita, así que hay que estar con un ojo en él para centrar térmicas. Un buen ejercicio, sobre todo para uno que hacía un año que no volaba.

El tiempo pasa volando cuando uno está entretenido en estas cosas, y para cuando nos dimos cuenta llevábamos una hora y pico en el aire. Solamente en un momento durante el vuelo recordé sacar el móvil y echar una foto al azar, teniendo la suerte que se puede ver al lado de este párrafo. {mosimage}

Teniendo motor que gastar, decidí ir a dar una vuelta por la vía del Ave y contemplar desde el aire algunas instalaciones ferroviarias. Como en una ocasión anterior, apareció en aquello un Ave por allí y, por mucho motor que gasté, se perdió en el horizonte sin que pudiera siquiera acercarme. Realmente, esto es un ejercicio de romanticismo ignorando las leyes de la física: Dimona, crucero máximo 190 km/h, velocidad nunca exceder 270; Ave de Alstom, velocidad de crucero 300 km/h.

Por otra parte, aterrizar un Dimona con viento cruzado es un suicidio. La poco dócil rueda trasera, junto con el robusto tren principal de dos pedazo ruedas, manda tan pronto se posa en el suelo. Es menester poner los tres puntos en el eje de la pista, o el avión se va hacia donde esté apuntando más rápido de lo que se tarda en contarlo. Tomamos con solamente unos nuditos de viento del Norte, y poco nos faltó para asustarnos. No tanto, hay que decir, como cuando en mi primera toma en el RF-4 saltó el remaldito pito de la pérdida, obviamente en el momento crítico; casi dejo imborrable recuerdo de mi impresión en el asiento, pero me contuve a tiempo en ambas ocasiones.

En fin, querido lector, que si algún día te aburres en casa, acércate por Ocaña y pide que te den una vuelta en el Dimona. Es mucho menos deportivo que un velero, que sigo prefiriendo a día de hoy, pero tiene la ventaja de que se puede ir lejos sin arriesgarse a aterrizar en un sembrao y que le recojan a uno deshidratado y maldiciendo su estrella.

El aeródromo de Ocaña está en el km 64 de la carretera de Andalucía, teléfono 925130769.

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Sayat Nova

Un restaurante original y cuidado, que sirve una comida exótica agradable a paladares sin grandes prejuicios. Así es Sayat Nova, un restaurante que lleva toda la vida en la calle Costa Rica sirviendo a precios razonables su estupenda cocina armenia.

En Sayat Nova es recomendable acompañar sus platos, que al no iniciado parecerán una mezcla entre árabes y orientales (véase Armenia en un mapamundi para comprender la razón), con bebidas igualmente típicas. Resulta interesante comprobar cómo armoniza la degustación de sus platos de interesantes sabores con su típico yogurt fluído, por raro que suene antes de probarlo. Puede cenarse muy bien en Sayat Nova por un coste de alrededor de los 20 euros por comensal, y hay que pedir por la columna derecha para gastar más de 30. Sayat Nova está en Costa Rica, 13. Teléfono 913508755.

 

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La Recoleta

De entre muchos restaurantes céntricos de Madrid capaces de despachar buena carne, La Recoleta destaca no tanto por la muy estimable calidad de la suya, como por una relación calidad/precio que destaca incluso teniendo por vecino al venerable Cuarto y Mitad. Ofrece este lugar un entorno agradable para comer o cenar, con menús del día a un precio no popular, pero razonable. La estrella, el chuletón con braserillo de carbón en la mesa. En la factura, adjuntan el ticket con la pesada de la carne. Medio kilo por barba es suficiente para salir rodando, y el coste de semejante ración queda por debajo de los veinte euros que, añadidos a unos entrantes, vino y café, raramente suman más de treinta y cinco euros por comensal. La decoración es agradable, el servicio atento, y dispone de un aparcacoches que personalmente no utilizo, prefiriendo el cercano aparcamiento Vinci. La Recoleta está en el 49 de Alberto Alcocer, casi enfrente de Gerardo, y al lado de una muy estimable tienda de vinos y manjares. Teléfono 913506338.

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Alfredo’s Barbacoa

Alfredo’s barbacoa es de los pocos sitios que quedan en los que es posible comer algo decente por un precio razonable. Comida americana y más concretamente tejana: Traducido, hamburguesas, chili con carne y otras especialidades culinarias para los que tienen el ácido úrico excesivamente bajo. La carne es excelente y se pueden comer unos entrantes, una hamburguesa de cuarto de kilo de una carne de calidad bien razonable, un vino decente y un café por unos 20 euros por barba.

El sitio lleva abierto toda la vida en Juan Hurtado de Mendoza, 11, cerca de la Plaza de Castilla; teléfono 91 345 16 39. El original lleva toda la vida y algo más en Lagasca, 5, teléfono 91 576 62 71. Además, es uno de los pocos restaurantes que conozco que tiene una página web decente.

 

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Primera sesión con un compresor

La verdad es que admiro la paciencia de quien me quiera hacer un regalo. ¿Cuántas novias son capaces de recibir como respuesta “un compresor” a la pregunta de qué quieres por navidades, y encima sonreír y comprarlo?

El caso es que aquí, en mi morada, esperaba pacientemente desde hace un mes y medio su oportunidad de mostrarme su utilidad, máxima aspiración de toda herramienta. Hoy, por fin, se ha dado esa rara combinación de disponibilidad de tiempo, disposición y resto de enseres necesarios. Y me he puesto a ello.

El compresor elegido es un Black&Decker oferta en Leroy Merlín por el interesante precio de 95 euros, incluyendo varios accesorios básicos. Empezaré diciendo que, si bien normalmente no me acerco a la herramienta de esa marca aunque la alternativa sea hacer agujeros con los dientes y comprimir aire soplando por un tubito, en ésta ocasión un competente empleado de LM me informó de que Black&Decker solamente pone la marca. El compresor es fabricado en Bologna, Italia por FIAC S.p.A., y se puede encontrar en el mercado con alguna otra marca.

Habiendo tenido desde hace varios meses unas baldas de DM instaladas en mi salón, sin pintar, me pareció un buen primer proyecto dotar a un par de ellas de al menos una capa de imprimación para su posterior esmaltado. Había hecho esto ya con otro par de ellas, a pincel, con una paciencia digna de mejor causa y obteniendo un acabado correcto, pero sin exagerar. Elegí la pistola de pintar (la que lleva un recipiente adosado; no confundir con la de petrolear, que es parecida pero con un vástago mucho más largo), comprobé el nivel de aceite (justo en el máximo, de fábrica), abrí con cuidado un poco la purga de la barriga por si tenía agua, y conecté el trasto.

Lo primero que se percibe es que emite un ruido infernal, así que en seguida pensé en los vecinos. Tienen un niño malcriado que me despierta berreando todos los días a las siete y cuarto de la madrugada, o en mitad de la noche. Bien. Lo segundo es observar cómo sube la presión. Este compresor tiene un limitador de presión del calderín, que para el motor cuando ha llegado a su presión nominal, y un limitador de salida. Nunca antes había trabajado con un compresor, pero desde el punto de vista de control, me pareció bastante adecuado y sencillo.

La pistola de pintar está pensada para echar pintura (o imprimador, en este caso) en su recipiente y que la pistola se sirva desde allí. Siendo un servidor poco dado a gastos colaterales, decidí poner el bote de imprimación en lugar del recipiente de la pistola. Podría haberlo sujetado con unas gomas, pero con la mano que tenía libre fue suficiente. Un trasto menos que limpiar, menos producto desaprovechado. Satisfactorio.

Por último, puse papel en el suelo, las baldas encima, abrí bien la ventana y me puse a ello. Un poco pesado fue ajustar los tres tornillos que lleva la pistola. Sí, tres ajustes, y eso que es la que regalan con el compresor. Aparentemente, uno es para el paso de pintura, otro para el de aire y otro más para regular la apertura del chorro. Experimentando un poco, en seguida encontré un ajuste que, sin ser ideal, al menos largaba potingue por la boquilla, cual era su deber. Como había leído en algún artículo, es necesario mover la pistola constantemente, so pena de concentrar un exceso de laca (o el potingue que se esté proyectando) en un solo punto. También es interesante (consejo de L&M) dar una pasada en una dirección y la siguiente en otra a 90 grados con la primera; típicamente, una en horizontales y otra en verticales.

Cuando se está en faena, uno no se da cuenta pero la presión del calderín se utiliza muy rápidamente. Así que es necesario dejarle que cargue bien antes de empezar y echar una mirada de cuando en cuando al indicador. Si la presión baja demasiado, es menester hacer una pausa. Al fin y al cabo, la industria cervecera necesita de todo el apoyo que le podamos brindar.

Una vez terminado el trabajo, procedo a apagar el compresor, limpiar la pistola con aguarrás y recoger un poquillo todo. No ha estado mal: Aparte del tiempo de poner en marcha por primera vez el compresor, ha sido muy rápido y potencialmente mucho mejor acabado que a brocha (realmente, puede que lleve otras dos o cuatro manos, pero se conseguirá). En resumen, tras una sola sesión de uso, recomiendo el compresor a cualquier manitas que se precie, aunque lo tenga que guardar bajo la cama (nota: cuidado con el aceite).

Es interesante usar guantes, pero sobre todo gafas y mascarilla; el compresor proyecta el potingue químico de nuestra elección en partículas muy finas que se quedan en suspensión largo rato después de haber acabado la tarea. De usarlo en casa, evidentemente, la estancia en que se pinte debe quedar con las ventanas abiertas y aislada del resto de la vivienda.

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El vagón de Beni

Como una inesperada recompensa a un mérito que nunca hice. Así se nos presentó, a un amigo y a mí, un buen día que vagábamos por la sierra de Madrid el restaurante que más disfruté por lo menos ese año.

Llegando al pueblo de Hoyo de Manzanares, íbamos buscando dónde comer, ya con alguna preocupación pues eran horas. Nos detuvimos al paso de una señora de la localidad, que nos explicó que había un restaurante bueno, que era el que la gente que iba de paso normalmente iba buscando, y que se llamaba El Vagón de Beni; y que se llegaba por aquella calle, y luego a la izquierda. Así lo hicimos, y cuál no sería mi sorpresa y mi agrado al descubrir que el vagón de Beni era un vagón de viajeros de ferrocarril, de madera, de bogies, puesto en un lugar imposible (luego me contaron que tuvieron que tirar un murete para poder meterlo por allí) y ambientado tan bien como es posible imaginar: Vía con balasto, marquesina, edificio de la estación y ambiente ferroviario.

Muchas veces se piensa, las más de las veces justificadamente, que la originalidad de un restaurante pesa en un plato de la balanza, equilibrando la calidad. ¿Es este un ejemplo de ello? ¡No! Una ensalada magistralmente resuelta y un tronco de atún como pocos he vuelto a comer en Madrid nos convencen rápidamente de lo contrario. ¿Qué mayor felicidad para un ferroviario aficionado y tripero profesional que encontrar un gran restaurante en el interior de un vagón de madera magníficamente restaurado?

El precio de la comida no fue caro pero tampoco comedido, en el entorno de los 40 euros; si bien hay que decir que comimos de lo mejor que ofrecía una carta por demás pródiga en títulos que abren el apetito a su sola lectura. La atención, excelente, sin estiramientos; incluso me enseñaron, ante mi interés, el álbum de fotos de la construcción de aquel mágico lugar. Salimos encantados y juré volver. Y volví.

El Vagón de Beni está en San Macario, 6, muy cerca del Ayuntamiento de Hoyo de Manzanares; teléfono 91 856 68 12.

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