Era la octava vez. Igual que los siete años anteriores, el Museo Vasco del Ferrocarril convocaba su curso de introducción a la conducción de locomotoras de vapor. Y, como en años anteriores, un modesto párrafo en la sección de actividades de Maquetren anunciaba la apertura de matrícula para ocho alumnos -debería decir ocho privilegiados- que tendrían la oportunidad de aprender a conducir una auténtica locomotora de vapor, carbón y sudor: La Aurrerá. Con más de 100 años en su bastidor, esta pequeña 130, magníficamente restaurada, luce relucientes las iniciales de los Ferrocarriles Vascongados, a los que tan buen servicio prestó durante tanto tiempo. Un heterogéneo grupo esperaba a las 9:00 de la fresca mañana de aquel inolvidable 15 de Julio a las puertas del museo. Nos recibió Juanjo Olaizola. Director del museo, conservador, jefe de depósito, maquinista y profesor del curso, todo en uno. Y también autor, por cierto, de más de un monográfico esencial, en especial sobre ferrocarriles de vía estrecha. El curso dura seis días. De ellos, los tres primeros son teoría, y los tres siguientes, práctica. La teoría se imparte en la magnífica biblioteca ferroviaria del museo. Sin embargo, para evitar que las clases teóricas se hicieran tediosas, nuestro anfitrión nos tenía preparadas algunas excursiones: El tranvía de Bilbao (incluído el tramo aún no inaugurado), las obras de ampliación del Metro de la misma ciudad, las impresionantes instalaciones de CAF en Beasain y las no menos interesantes instalaciones de EuskoTren en Durango. Huelga decir que pocos excusaron su asistencia a estas excursiones. No solamente nos permitieron meter nuestras curiosas narices por doguier; también nos dieron pacientemente explicaciones y guiaron nuestra visita, siendo imposible decidir si en alguno de los lugares visitados fueron más atentos o nos trataron mejor. Y llegó, por fin, de todos los días, el más grande. ¡Ibamos a encender la Aurrerá!. Pero paciencia: la venerable señora se toma sus dos o tres horas haciendo presión. Para encenderla, Juanjo nos enseñó el procedimiento del periódico. Caras de incredulidad, escuchamos atentos sus explicaciones. Consiste este método en lo siguiente. - Para empezar, se introduce un lecho de combustible (carbón y leña) y un trapo empapado en aceite ardiendo en el hogar. Mientras todo el combustible prende, se lee la primera plana y la sección de opinión.
- Con el hogar calentito, se echan unas paladas al fuego y se dejan arder durante la lectura de internacional.
- Unas paladas algo más cargadas ya seguirán calentando hasta que tengamos presión para abrir el ventilador, casi terminando la sección local.
- Con el ventilador abierto, la presión sube bastante deprisa, por lo que afortunadamente no hay tiempo de leer la sección de televisión.
Antes de partir, y mientras sube la presión, hay que limpiar la locomotora y engrasarla, por este orden. Por supuesto, antes del encendido hay gue llenar de carbón el depóslto ubicado tras la cabina: cadena humana de cursillistas. Uno, al lado del montón de carbón, llena capazos de carbón con una pala, otro los levanta del suelo y se los da al siguiente, quien se los entrega al gue los deposita en el suelo de la cabina. Este vuelca el capazo al depósito, y vuelta a empezar. Cuando se construyó la Aurrerá, lo mismo gue la gran mayoría de locomotoras de vapor, no existían los actuales rodamientos. Esto significa gue el engrase de la aurrerá no solamente comprende sus bielas, cilindros y distribución. También hay ocho cajas de grasa, varias de las cuales suelen guedar, por la Ley de Murphy, escondidas tras una biela de acoplamiento. Esto significa que habrá que hacer una segunda ronda con la aceitera. Curiosamente, esto no nos importaba demasiado; todos queríamos cuidar la Aurrerá. Y, por fin, llegaba el gran momento. Una pareja, maquinista y fogonero, a la máquina; el profe, por supuesto, también. Distribución a tope, purgas abiertas, togue de silbato, freno fuera. Dos dedos de regulador... Y la Aurrerá echa a andar como si hubiera salido ayer mismo de la fábrica de su Manchester natal. No deja de resultar paradójico que nosotros paguemos por realizar un trabajo antaño muy duro y pagado - si bien esto último bastante mal. En la estación de Madrid-Chamartín existe una escultura dedicada a "la pareja" (maquinista y fogonero). Después del curso, se mira de otra forma. Con mayor respeto, y con admiración por aquellas vidas distintas, duras y felices. Durante el fin de semana comprendido en el curso, los cursillistas transportamos, siempre bajo la atenta supervisión del profe, nada menos que a 275 viajeros, incluyendo alguno que ya hiciera el curso y no disimulaba su nostalgia. Claro que Azpeitia-Lasao no tiene el reto a la capacidad de hombres y máquinas de Pajares, o los bucólicos paisajes de León, o el estado impoluto de las vías Ave (esto último, con las excepciones conocidas, claro). Pero es la línea de la Aurrerá, de la Portugal, y los que compartimos aquellos días, hasta al perro que nos ladraba al pasar al lado de su caseta echamos de menos.
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