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En esa época del año en que en Madrid aún no se ha formado la esperanza de que el invierno deje de azotar a los paseantes, mi nena y yo hicimos una maleta y nos fuimos a Lanzarote. Diré de entrada que es, sin duda, uno de los viajes más recomendables que he hecho en mi vida, junto con Granada; y que, para disfrutarlo con comodidad y a un coste razonable, es menester hacerlo en temporada baja. Por 400 euros en Viajes Ecuador nos dieron 7 noches de hotel en el Beatriz Costa Teguise y transporte en Air Europa. Puestos a ponernos exigentes, el hotel ha conocido tiempos mejores y el vuelo no era precisamente la clase intercontinental de Iberia; pero ninguna de las dos cosas nos importó lo más mínimo, y en el momento de escribir este artículo, un año y pico después, no recuerdo ninguna incomodidad especial y sí muchas cosas recordables. No se puede recordar, pensar ni escribir sobre Lanzarote sin hacerlo a la vez de Manrique . El genial arquitecto (que recibe al visitante ya en el aeropuerto) es uno solo con la isla. Su casa, su mirador, su estilo personal fundiendo la construcción humana, de suaves esquinas y en blanco, con las negras y ariscas rocas de la isla hacen que no se conciba su obra sin la isla, y tampoco, y esto es lo auténticamente genial, la isla sin su obra. No es prescindible en una vista a Lanzarote la casa de César Manrique o el famoso mirador; y no deben dejar de admirarse sus juguetes del viento esparcidos por doquier. La capital, Arrecife, es digna de visitarse; durante un rato en mitad de las vacaciones, es interesante recordar lo que es un atasco de tráfico y una ciudad de aceras y calzadas estrechas. Al salir, el renovado alivio de las vacaciones se convierte casi en fervor. En la playa de las Cucarachas encontramos un chiringuito llamado Windsurf Paradise. Practicar windsurf allí es una delicia, si bien el Atlántico no es ningún pantano. Pero los instructores son amables, hablan más idiomas que un androide de protocolo, y saben perfectamente su oficio. Además, el coste de alquilar un equipo aceptable (incluyendo traje de neopreno) y el instructor entra dentro de lo razonable. El Parque Nacional de Timanfaya es un impresionante espacio aparentemente desértico. En este lugar en que la actividad volcánica es lo bastante reciente como para poder cocinar sin más que abrir un agujero en el suelo, no hay nada que no merezca la pena ver. Por supuesto, es obligada la visita alrededor del parque, que se realiza en unos autobuses que parecen más viejos que las propias islas; pero, puestos a destacar algo, el visitante inquieto grabará en su memoria el documental que se proyecta varias veces al día en el centro de visitantes del parque , y que explica en un lenguaje sencillo cómo la vida se abre camino en este desierto que sólo lo es en apariencia. Para poder recorrer la isla a nuestro antojo, alquilamos un coche en Plus Car, en la Playa de las Cucharas. En Lanzarote, alquilar un coche bueno y bonito es barato; así que nos decidimos por un Wrangler, un modelo que jamás se me ocurriría comprar pero que resulta perfecto para dar tumbos unos días por una islita en la que casi siempre luce el sol. Plus Car permite devolver el coche en el aeropuerto, cosa que hicimos y agradecimos. Por esto y por lo demás, afirmo que no hay en este mundo cliente más satisfecho que el que esto escribe con una empresa de alquiler de coches. En el Puerto del Carmen encontramos, por indicación de un amigo, al capitán Sasha y su velero de la empresa Canarias Yacht Charter. Como parte del servicio ofrecen cava para brindar una vez en crucero. El visitante avispado no se dejará engañar por esta trampa de turistas, y pronto descubrirá que el previsor capitán Sasha también guarda cerveza y otros fluidos agradables en su nevera de a bordo. No puede decirse que el paseo en barco sea especialmente barato, pero tampoco es exagerado; un día es un día, y el coste se puede dividir hasta entre ocho personas, si bien cuatro es un límite práctico para viajar y deja el coste en una cantidad aceptable. Gastronómicamente, este viaje nos supuso el descubrimiento de las especialidades canarias de salsas, el mojo verde y el mojo picón, que en ninguna parte fuera de las islas se encuentran si no es como un sucedáneo envasado que hace plop al abrirlo. Papa con moho y pescado del día (cherna, sargo... Da igual, todos son frescos y buenos). El regreso fue duro. En el momento de escribir esto, he invertido tiempo en conocer dos islas canarias y una caribeña, y por ahora me quedo, y de largo, con Lanzarote. Supongo que será cierto que uno se acaba cansando. No tendré inconveniente en averiguarlo.
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